Más allá del bien y del mal
El otro día estuve con mi compañera, amiga y profesora Mariona Martí, compartiendo formación en Comunicación NoViolenta a un claustro de profesores de una linda escuela a la que llevamos ya tres años acompañando.
Reflexionábamos sobre una herramienta que les ha llegado para visibilizar los actos violentos y cómo, algunas propuestas de la herramienta y de su planteamiento, les “rechinaba” con la invitación de la CNV y con sus propios valores.
Sobre todo les chocaba que se pudiera etiquetar a las criaturas y lo que eso suponía a nivel de premio y castigo. Como si aquellas que no eran etiquetadas como “violentas” tuvieran algún tipo de recompensa aunque fuera a nivel de mirada adulta y de pertenencia al grupo clase, mientras que quienes de algún modo eran etiquetados como que habían realizado “actos violentos” recibían el castigo en forma de culpa, vergüenza, sensación de no pertenecer o daño en la propia autoimagen.
Desde la mirada de la Comunicación NoViolenta intentamos desgranar la herramienta saliendo de la dicotomía, buena o mala. Para no caer en la misma estructura de pensamiento que estaba chirriando de la propia herramienta.
La propuesta fue conectar con lo que esta herramienta podría aportar a nivel de necesidades y qué necesidades no estaba cuidando para, desde ahí, poder decidir con mayor conexión y certeza si queremos usarla, si preferimos no hacerlo o si queremos usarla con nuestros propios límites y creatividad.
Porque la herramienta en sí solo es una estrategia, las estrategias según la Comunicación NoViolenta son las maneras que elegimos para intentar cubrir necesidades. Entonces ¿Qué necesidades intenta cubrir esa herramienta? Quizá de cuidado del grupo, de coherencia con los valores, de confianza, realidad compartida, apoyo, responsabilidad, claridad, ser visto, seguridad…
Y a la vez la herramienta, tal como estaba planteada, desde el punto de vista de muchas de las maestras, no cubría muchas necesidades (algunas de las que pretendía cubrir) por ejemplo: diversidad, aceptación, cuidado, comprensión, empatía, cooperación, confianza, seguridad, conexión…
Y esto dio pie a dialogar sobre qué elegían usar de la herramienta, qué no, y cómo hacerla propia para cuidar de aquello que era importante para cada una y también para la cultura del centro educativo.
La Comunicación Noviolenta es una herramienta muy valiosa y útil para practicar la toma de decisiones alineada con nuestros valores y necesidades. Para salirnos de la reacción de sumisión: por ejemplo aceptar la herramienta aunque haya cosas que te “chirríen”; o reacción de rebeldía o queja: desechar la herramienta por “sistema”. Lo que la CNV propone es preguntarnos y entablar un diálogo constante ¿Más allá de que piense que esto esta mal o bien o que es malo o bueno, qué necesidades cubre, cuales no? ¿Me acerca a aquello que me importa, al tipo de relaciones que deseo, al mundo que sueño, a lo que quiero transmitir e inspirar en las demás, o me aleja? Para poder decidir desde una conciencia de necesidades y no desde juicios moralistas que en ocasiones no nos ofrecen la claridad, la comprensión y el sentido que necesitamos.
Lo que propone la CNV es tomar consciencia de nuestros automatismos y aprender a conducirlos no reprimirlos, ya que los juicios que nos hablan de que algo nos parece “malo” tienen mucho que decir a cerca de necesidades no satisfechas detrás de esos juicios, por eso la propuesta es ese trabajo de observación y traducción constante ¿qué siento, qué necesito, que hay importante para mí, con qué me conecta, qué deseo que pase? Esta práctica, desde mi experiencia, es increíblemente poderosa para nuestro desarrollo y el bienestar de nuestras relaciones.
Te dejo aquí una práctica sencilla de autoconexión con la intención, que facilitó mi compañera Mariona Martí, en la sesión de la que he hablado en el post.
Busca un lugar tranquilo en el que te sientas en comodidad y seguridad.
Si te apetece cierra los ojos y haz tres respiraciones profundas mientras conectas con tu cuerpo sobre el soporte que te sostiene.
Conecta con cómo te gustaría que fuera el mundo, qué cualidades habría en él, qué es lo que más te gustaría que abundara.
Piensa en que pudieras elegir un superpoder para contribuir a ese mundo deseado, un superpoder que pudieras trasmitir solo con mirar a tu alumnado hijos/hijas, personas cercanas… para que contribuyan también a ese mundo soñado casi sin esfuerzo, solo pasándoselo con tu presencia.
¿Cuál sería, qué te gustaría regalarles para construir entre todas a ese mundo soñado?
Te invito a que conectes con esa cualidad, esa necesidad o ese valor que te hayas imaginado. Que lo ancles a una parte de tu cuerpo tocándola con ternura mientras piensas o dices: “sí, aquí dejo guardada la empatía, para cuando se me olvide”. Y quizá esos días en los que no tenemos acceso a los recursos y las reacciones se suceden, tenemos la posibilidad de tocarnos y recordar lo importante que es para nosotras la empatía (o el valor/necesidad que sea que conectaste) para contribuir a crear ese mundo que soñamos.




