Ya no queda casi nadie de los de antes…


…y los que hay han cambiado.

Así dice un tema de los Celtas Cortos, que no es que me gusten mucho pero son paisanos, y habla de la amistad perdida, de los viejos tiempos y de todas esas cosas que antes eran y ya no son.

Este verano cenando tranquilamente con la autocaravana aparcada en un pueblo de vistas a la Alcarria, me he dado cuenta de lo rápido que pasa la vida, de la de gente que estaba y se fue, de la cantidad de momentos que ya no volverán no sólo porque pasaron hace tiempo y son irrepetibles sino porque nosotros ya ni siquiera somos los mismos. Llámalo evolución o quizá di que la vida nos atrapa y a veces nos separa de la gente que nos acompañó… sólo porque el tiempo pasa y nos dispersa y nos recluye y nos aísla, sobre todo si vives en una ciudad donde las distancias son largas y eternas.

Y me he acordado de uno de esos momentos que ya no volverán, porque tengo una autocaravana, porque hace años que no doy cuenta a nadie de mis actos, porque no paso noches bajo una parada de autobús…

Llevaba pocos años escalando y un fin de semana nos fuimos un grupo de amigos (éramos los mejores amigos) a Galayos a escalar y vivaquear y cenar bajo las estrellas. Era septiembre recuerdo. No teníamos coche así que cogimos un autobús que tras miles de vueltas y de horas nos dejó en nuestro destino. Escalamos un par de días en ese granito agradecido, en esas torres llenas de aristas; supongo que hicimos pactos de sangre en las cumbres y juramentos de amistad o amor eterno, digo yo. Lo que sí sé es que el domingo agotamos los víveres y la luz y bajamos a la plataforma cuando ya no quedaba ni un coche que nos acercase a Guisando (El pueblo cercano desde el que salía el autobús) y bajamos andando hasta el pueblo, con un cansancio inmenso después del fin de semana de pateos, escaladas y risas, con una amiga llorosa porque no sabía qué les iba a decir a sus padres ya que no se imaginaban que andaba escalando sino de acampada, hasta se le pasó por la cabeza robar un coche… llegamos al pueblo y por supuesto ya no había autobús y no teníamos comida, ni dinero para cenar en ningún restaurante, y hacía frío y el pueblo estaba en silencio y sólo se oía ladrar algún perro y las luces encendidas dentro de las casas eran una promesa de acogedor hogar, y no cambiaría por nada del mundo esa noche con ruido de tripas vacías, con las yemas doloridas, los pies rotos, y todos los que ya no están o han cambiado durmiendo apretujados en esa parada de autobús.

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