Desde Galatiani


Es una suerte, lo sé, no quiero dar envidia a nadie, quizá sugerir ideas…
Escribo esta columna bimensual desde una isla perdida entre Grecia y Turquía. Acabo de bajar de una vía preciosa, de esas que te recuerdan por qué te gusta tanto subirte por las piedras. Estoy sentada en una roca pinchuda en un sector con el bonito nombre de Galatiani. Observo el mar ahí abajo, supongo que en un rato bajaremos a darnos un bañito y a ducharnos al apartamento donde acabaré este texto porque hoy mismo tengo que mandarlo por mail. Hace un par de días me llamaron recordándome que como muy tarde el jueves tenía que enviar la columna, se me había olvidado completamente con el viaje, pensé: qué escribo si estoy en el paraíso con las paredes detrás, el mar delante, por las noches un inmenso cielo sobre mi cabeza, buena compañía, musaka, feta, cerveza y mi cuaderno… Pues nada, escribiré sobre la vida aquí, sobre el placer de viajar fuera de las fechas señaladas y disfrutar del sol de otoño al aire libre. El placer de saltarte la vuelta al cole y perderte entre chorreras y olas.
Esta es mi segunda visita a Kalymnos la primera, hace tres años, fue en plenas navidades y, después de diez días de diluvio universal entendimos de donde salían esas maravillosas chorreras. Eso sí, saboreamos todos los manjares del lugar, reímos mucho y prometimos volver. A pesar de mi experiencia anterior tenía claro que quería volver, no me gusta mucho repetir destino ¡con lo grande que es el mundo! Pero hay lugares que te cuidan y siempre quieres regresar a ellos. Además cómo no te va a cuidar esta isla que es algo así como si hubiesen desterrado a un batallón de escaladores por piratas o peludos o pirados, pa no molestar, y los hubieran plantado aquí, ya que el principal turismo de Kalymnos es la escalada. Por una vez los escaladores no somos parásitos, ni tarados ni cutres, sino que nuestra pasta es, junto con la pesca y el turismo normal de agosto, su mayor fuente de ingreso.
Ayer Aris, un amigo griego que escala y trabaja en un bar de la isla, me contaba que se encontró con una viejita, sí, sí, la típica con trajecito negro anclada en el pasado y le dijo: «vaya toda la vida he pensado lo poco generoso que había sido Dios con nosotros que, en lugar de buenas tierras para el cultivo, había llenado la isla de rocas… y mira ahora». Es curioso la de cosas que pensamos que no sirven para nada y en un momento dado nos solucionan la vida.
Este pedazo de tierra está lleno de escaladores de todas las edades y nacionalidades, muchos con familia, trabajos estresantes, problemas y responsabilidad… y se han tomado un respiro de privilegiados que quizá vosotros también podéis tomaros. Y si no es posible pues os lo voy contando, desde este pie de vía que parece estar en los lomos del mundo, con el azul del mar abierto, se llama Galatiani y me encanta como suena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *