De cara a la pared


A veces me pregunto cuánto tiempo, en el global de mi vida, habré estado de cara a la pared. Sí en diferentes lugares, sí en diferentes vías, sí con distintas personas pero, al fin y al cabo más de lo mismo: escalar, escalar y escalar. ¿Un castigo de los dioses? ¿Una opción ante el aburrimiento? ¿Un, no hay nada mejor que hacer, o, no sé hacer otra cosa? ¿Una pasión? ¿Una recurrente obsesión que roza la enfermedad?

La afirmación de Kafka podría servirme «La vida es sorprendentemente breve. En mi recuerdo, hoy se encoge tanto sobre sí misma que apenas comprendo (por ejemplo) que un joven pueda decidir marcharse a caballo hasta el pueblo más próximo sin temor a que –descartado cualquier accidente– una existencia ordinaria y que se desarrolle sin tropiezos baste, ni con mucho, para hacer ese paseo».

Pero como tiendo a preguntarme y responderme y cambiar de idea y volverme a hacer la misma pregunta…pues me ha costado encontrar una respuesta clara, que por otro lado quizá sólo me sirva para los años bisiestos que acaben en dos. Lo que sí es real es que estoy intentando responder a una afirmación que recibí de cierta persona: «No sé si me apetece escribir y hablar de escalada y escaladores porque es todo lo mismo, competitividad, resultados, egocentrismo». No supe qué decir, sólo sabía que no tenía razón, así que le pregunté ¿Crees realmente que estas son las razones por las que la mayoría de los escaladores gastamos nuestros días de cara a la pared? Tras reflexionar mi pregunta supe que, a nivel global, por lo menos la mayoría de escaladores y escaladoras con los que me he cruzado, he entrenado, he entrevistado o leído sobre ellos no son así.

Mi maldita memoria se niega a archivar casi siempre nombres y cifras. No sólo me pasa con la escalada, no os creáis, una especie de bombeo permanente baldea mi cerebro y elimina también, el nombre de los libros que leo, las ciudades por las que paso, los itinerarios que sigo, las películas que veo… lo que no quiere decir que se zambullan en el olvido ¡qué va! Sólo basta un fotograma para recordar el final de una película, leer una frase para saber por qué ese libro me emocionó tanto, ver una fotografía de un lugar para sentir lo que sentía en ese instante. Y hay veces que simplemente un poco de aire otoñal, una sonrisa amiga, un trayecto en furgoneta, una campa al sol, un horizonte muy lejano visto desde lo alto…me recuerdan aquel día en cualquier vía donde me sentí poderosa por escalar con las sensaciones que quería. Al final la riqueza no es las veces que haces algo ni siquiera exactamente lo que haces ¿Es más autentico aquel que sube montañas o paredes que el que escala deportiva? ¿Es más auténtico quien escala deportiva que quien pasea por un parque? Como siempre hay de todo en todas partes y como siempre lo importante no es lo que haces sino cómo lo haces, por qué lo haces… y esto es algo tan íntimo que no se puede definir en una respuesta.

En el fondo uno de mis grandes gozos es permitirme ese exilio de incertidumbre, ese horizonte más acá del cual nadie debe dar cuentas a nadie. Como casi todos los escaladores. ¿Qué más se puede pedir al global de una vida?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *