La magia del compromiso


Si no estás enfadado es que no estás prestando atención. Esta frase formaba parte de la colección de pegatinas con las que adornaba su destartalado coche una escaladora local de Red River Gorge.

Justo en ese estupendo parque natural americano, que cuenta con más de dieciocho especies de serpientes, un buen día decimos escalar en el sector Solar collector. En toda nuestra estancia, a pesar de las precauciones y el miedo, no habíamos visto ni una serpiente pero al parecer el solar collector era “la casa” de las Copperhead, la especie más venenosa. Aunque nos habían avisado decidimos arriesgar porque también nos dijeron que son poco agresivas, si las dejas tranquilas ellas te dejan a ti.

Cuando soltamos las mochilas nos dimos cuenta de que, efectivamente, había dos copperhead pululando entre las rocas, pero al cabo de un rato se metieron bajo una piedra de la que no volvieron a salir. Fue entonces cuando descubrimos, en el hueco de un tronco, dos de esas mismas serpientes muertas. Al poco llegó nuestra amiga de las pegatinas y nos explicó que un escalador que había estado en el sector con sus hijos, al ver cuatro serpientes merodeando decidió cargárselas a pedradas. Digo yo que si esto lo hace un escalador que se supone que quiere y respeta su entorno –aunque sólo sea porque lo necesita– ¿Por qué nos sorprende tanto que vivamos en una situación de emergencia planetaria? ¿Por qué nos sorprenden la contaminación y degradación de los ecosistemas, el agotamiento de recursos, los desequilibrios insostenibles, los conflictos destructivos o la pérdida de diversidad biológica y cultural?

Supongo que lo lógico, si vas a escalar con tus hijos, es no ir precisamente a “la casa de las serpientes más venenosas de todo el parque” teniendo en cuenta que hay muchísimos sectores para elegir. Pero estos comportamientos son una prueba más de nuestra obsesión por la búsqueda de beneficios particulares y a corto plazo, sin atender a sus consecuencias para los demás o para las futuras generaciones. La costumbre de centrar la atención en lo más próximo, espacial y temporalmente. Pero también puede que sea fruto de la pérdida de compromiso, como término, cómo símbolo, como la magia de la palabra dada o el empeño en una causa.

La actitud moderna, la más cool, es no comprometerse ni siquiera para quedar a tomar un café ¡no sea que luego no vaya a poder! ¿y si no me apetece? Ahora nos damos tanta importancia que creemos que hacer cosas que no apetecen va en contra de la libertad más intrínseca del ser humano. Y ya ni hablo del compromiso con cualquier causa o dilema que pueda provocar un conflicto ¿qué necesidad tengo de meterme en líos?

En los tiempos que corren a mí me parece que la trasgresión va por ser capaz de recuperar la magia del compromiso, en lo que sea, hoy por hoy es lo que marca la diferencia.

Y enfadarse un poquito que, aunque ya no queden islas donde naufragar, ni países que conquistar… podemos cambiar de sueño.

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