Lo que no vale dinero, como tocar árbol


La vida es muy cara para el pueblo llano. Por lo tanto todo lo gratuito, sí, sí desde papelitos, muestras de perfumes o cosméticos, hasta los típicos regalos que te dan al comprar alguna revista (por absurdo que sea y aunque en la mayoría de los casos dicho regalito quede por ahí guardado en el olvido; pero bueno, a caballo regalao…) pues tiene una demanda infinita, de hecho se afirma que sólo el precio o parte del mismo es capaz de evitar el despilfarro. Si buscas en el diccionario la palabra gratuito te aparecen las siguientes acepciones: de balde o de gracia, arbitrario, sin fundamento.

Cuando me dijeron que hacían esta revista gratuita experimenté dos reacciones adversas, por un lado esa sensación de saldo, de que todo lo gratuito es malo y feo (tan arraigada en esta tierra capitalista monopolizada por las leyes del mercado) por otro una profunda gratitud al pensar que mis palabras no cuesten dinero (al lector me refiero). Creo que es algo lógico en todas las personas que se dedican a escribir, o a cualquier otra cosa que les salga de las entrañas, que te resulte extraño hablar de dinero para referirte a lo que haces. Mucha gente me pregunta ¿cuántos libros has vendido de Andando la vida? Y no lo sé y no sé si quiero saberlo y no sé si quiero que me afecte saberlo o no… es una contradicción, por un lado quiero vivir de esto, por otro no sé si quiero que me paguen por algo que me resulta tan íntimo, tan personal, tan gratificante… como si se tratase de una manera de prostitución. Con esto no quiero decir que sugiero que dejen de abonarme esta columna, a ver si ahora se me va a malentender, sólo pensar que quizá lo gratis es aún mejor, pensar que el dinero no deja de ser papel sucio.

Si no prueba a recordar cuando eras un niño y pensabas que nada costaba dinero porque todo resultaba sencillo: comer en un restaurante, subir al autobús, forrar los libros para el cole… por lo menos en este costado de la tierra.

Y retrocedo a la tienda Deportes Blasco, donde nos perdíamos entre sus recovecos de raquetas y zapatillas familiarizándonos tanto con los objetos deportivos que eran nuestra mayor fuente de inspiración en las tardes lluviosas. Pertenecer a una familia numerosa con un padre que adora el deporte y que además sabe transmitir todos esos valores tan positivos, de compartir, de ayudar, de reír, de soñar… es uno de esos regalos que te da la vida, una de esas cosas que no valen dinero. Me parece estar viéndonos por una mirilla atemporal, mi padre rodeado de una chiquillería a la que intentaba cansar a toda costa. Todos corríamos en circulo a su alrededor y él decía: “tocar árbol” y todos galopábamos para tocar, antes que el último, el único árbol que había en la pradera. Esperabas que esa tarde no dijera “tocar camiseta roja” porque te exponías a que todos cayeran como una avalancha sobre ti, luego decía “tocar suelo” y al instante nos agachábamos como si el cielo se hubiera caído y nos obligara a flexionar las rodillas, más tarde “tocar pared”, “tocar banco”… y si hubiera dicho “tocar nubes” habríamos intentado volar.

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